- El 1 de agosto el Gobierno aprobó un plan de ahorro energético: en comercios, oficinas y espacios públicos, el aire acondicionado no podría bajar de 27 grados.
- Los escaparates debían apagarse a partir de las 22 h; la norma entró en vigor el 10 de agosto.
- Más allá de la obligación, una auditoría sencilla de consumos permite identificar dónde se gasta de más y reducir costes de inmediato.
El 1 de agosto de 2022 el Gobierno aprobó un plan de ahorro energético. En comercios, oficinas y espacios públicos, el aire acondicionado no podría bajar de 27 grados y los escaparates debían apagarse a partir de las 22 h. La norma entró en vigor el 10 de agosto. Era una respuesta al riesgo de escasez de gas y a la presión sobre los precios de la energía, y llegaba en pleno verano.
Para muchas empresas, el decreto fue su primer encuentro con una obligación directa de ahorro energético. Más allá de la anécdota de los grados o de las luces, planteaba preguntas prácticas sobre cómo cumplir la norma, cómo informar a clientes y empleados y qué consecuencias podía tener no hacerlo. Conviene conocer el texto con exactitud y no basarse en lo que se oye en los medios. Las empresas con pocos medios para seguir la normativa suelen ser las más expuestas, y por eso es útil contar con una guía interna sencilla.
Una obligación para los locales
A diferencia de una recomendación, un decreto con obligaciones afecta directamente al comportamiento de las empresas: establece qué deben hacer los locales y, normalmente, prevé consecuencias si no se cumple. Por eso conviene tomarse en serio los plazos de entrada en vigor y saber qué condiciones se aplican a cada local.
No todos los espacios están sujetos a las mismas reglas, y pueden existir excepciones por actividad o por tipo de local. Conviene leer con atención el texto aplicable, identificar si el negocio entra en su ámbito y, en caso de duda, consultar con un asesor o con la administración competente. Saber qué se exige y qué se permite evita sanciones y también esfuerzos innecesarios. Además de la sanción, el incumplimiento puede afectar a la reputación del negocio, algo que los clientes valoran cada vez más.
Adaptarse en pocos días
En Barcelona, comercios y hoteles tuvieron que adaptarse en pocos días. Programar la climatización, revisar los sistemas de iluminación del escaparate e informar a los empleados exigía coordinación, y quienes tenían varios locales o gestionaban edificios debieron actuar de forma ordenada.
Un buen método es elaborar una lista de tareas por local: quién regula el termostato, quién controla el apagado de luces, cómo se explica la medida a los clientes que puedan sentirse incómodos y cómo se comprueba que se cumple. En empresas con varios centros, designar a un responsable evita que cada local interprete la norma por su cuenta. Y dejar constancia del cumplimiento puede resultar útil si hay una inspección. La clave es la rapidez de decisión: los cambios que se aplican con antelación suelen costar menos que los que se hacen con prisa.
El ahorro como oportunidad
Más allá de la norma, muchas empresas descubrieron que podían reducir consumo sin perder servicio. Una auditoría sencilla de los consumos energéticos permite identificar dónde se gasta de más, y con la energía tan cara, reducir consumo se traduce de inmediato en menores costes. Conviene comparar el coste de cada mejora con el ahorro esperado y priorizar las que se amortizan antes.
Medidas como mejorar el aislamiento, sustituir iluminación por tecnología más eficiente, revisar los horarios de los equipos o mantener correctamente la climatización suelen tener un retorno rápido. No todas requieren inversión: algunas son simples cambios de hábitos. Si el consumo es relevante en la estructura de costes, un estudio energético profesional puede priorizar las acciones con mejor relación entre coste y ahorro. Los resultados mejoran cuando se mide: instalar contadores o revisar las facturas por periodos permite comprobar si las medidas funcionan.
La obligación fue el empujón, pero el ahorro se queda.
Este artículo es información general. No es asesoramiento jurídico, fiscal ni de inversión, y no tiene en cuenta las circunstancias particulares de nadie.


