- El 29 de marzo, fecha inicialmente prevista para la salida, el Parlamento rechazó por tercera vez el acuerdo de May.
- El Reino Unido no salió de la UE en esa fecha y la incertidumbre se prolongó para empresas y ciudadanos.
- Lo sensato es mantener planes flexibles y margen de tesorería, porque lo que no se controla se gestiona con holgura.
El 29 de marzo de 2019, fecha inicialmente prevista para que el Reino Unido saliera de la Unión Europea, el Parlamento británico rechazó por tercera vez el acuerdo de salida negociado por Theresa May. La votación se produjo el mismo día en que, según el calendario previsto, la salida debía hacerse efectiva, y su resultado confirmó que ese plan no iba a cumplirse. El resultado no sorprendió a quienes seguían el proceso, pero confirmó que el calendario inicial había quedado atrás y que se abría una etapa de decisiones nuevas.
El Reino Unido, por tanto, no abandonó la Unión en la fecha inicialmente prevista. Un acuerdo rechazado de nuevo significaba que el proceso seguía sin una salida clara y que la incertidumbre se prolongaba para empresas y ciudadanos que llevaban meses esperando saber qué reglas se aplicarían. Una fecha que pasa sin consecuencias definitivas puede ser casi tan desconcertante como una fecha que trae un cambio brusco.
Una fecha que pasó sin salida
La fecha pasó sin una salida clara, y cada semana sin respuesta alarga el tiempo en que contratos, inventarios y planes de contratación deben decidirse con reglas todavía por conocer. Esa espera obliga a mantener en paralelo varios escenarios abiertos, con el coste de gestión que eso supone.
Para una empresa, convivir con escenarios abiertos significa preparar planes distintos para cada resultado posible, sin saber cuál se activará. Es un esfuerzo de organización considerable, y se hace más difícil cuanto más se prolonga. Por eso la claridad, aunque sea sobre un resultado desfavorable, suele ser preferida por quienes tienen que planificar inversiones, contratar personal o firmar contratos a largo plazo. En ausencia de un calendario firme, lo útil es identificar los puntos del negocio que se verían afectados en cualquier escenario, y empezar por ellos.
El coste de esperar
Esperar tiene un precio. Las empresas posponen inversiones, acumulan existencias por si acaso o dudan sobre si abrir una filial o cambiar de proveedor. Cada una de esas decisiones, aplazada o adelantada por precaución, tiene un coste: capital inmovilizado, oportunidades perdidas o gastos de almacenamiento que no habrían existido en otro contexto.
Las familias con vínculos en el Reino Unido, ya sea por trabajo, estudios o propiedades, siguen sin saber con seguridad cómo les afectará. Quien tiene un familiar estudiando allí, una vivienda en propiedad o un empleo que depende de la movilidad entre ambos lados comprende bien lo incómodo de decidir sin conocer las reglas. La incertidumbre prolongada es, en sí misma, un coste. Los efectos no se reparten por igual: una familia con una vivienda o una inversión en el Reino Unido afronta riesgos diferentes de los de una empresa que exporta allí.
Mantener los planes flexibles
En una situación así lo sensato es mantener planes flexibles, con opciones preparadas para varios resultados, y revisar qué contratos, divisas y permisos podrían verse afectados. Un plan flexible no es un plan vago: define de antemano qué se haría en cada caso y qué señales harían activarlo, de modo que no haya que improvisar en el último momento.
Lo que no se puede controlar se gestiona mejor con margen en la tesorería y con asesoramiento a tiempo. Mantener liquidez suficiente, evitar compromisos que dependan de un único resultado y consultar a los asesores antes de que la situación se tense son las herramientas más eficaces. No evitan la incertidumbre, pero la hacen mucho más llevadera. Si es posible, conviene escalonar las decisiones importantes y evitar compromisos irreversibles mientras el panorama no se aclare, manteniendo siempre una vía de salida razonable.
Cuando el desenlace no es previsible, la flexibilidad vale más que la certeza.
Este artículo es información general. No es asesoramiento jurídico, fiscal ni de inversión, y no tiene en cuenta las circunstancias particulares de nadie.


