- El 18 de noviembre bitcoin cayó por debajo de 90.000 dólares, por primera vez desde abril.
- Borró las ganancias acumuladas en 2025 tras el máximo de octubre.
- La volatilidad es parte del activo en ambas direcciones; la minería necesita costes bajos y caja para atravesar los ciclos.
El 18 de noviembre de 2025, bitcoin cayó por debajo de los 90.000 dólares, por primera vez desde abril. Con ese descenso, desde el máximo de octubre, se esfumaron las ganancias acumuladas en lo que iba de 2025. Pocas semanas antes, el activo había marcado un máximo; ahora devolvía todo el avance del año, un recorrido que ilustra con claridad lo rápido que pueden cambiar las cosas en este mercado. Con la cotización a esos niveles, resulta fácil olvidar que hace pocos meses el entusiasmo era el sentimiento dominante.
Para quien tiene una posición en criptoactivos, ver desaparecer en semanas las ganancias de un año es una experiencia dura. Para quien observa desde fuera, es una muestra de la volatilidad de este tipo de activos. Y para quien trabaja en minería, es una señal de que los márgenes del negocio dependen de algo que no controla: el precio de lo que produce. Cada una de estas situaciones aconseja, por motivos distintos, hablar del riesgo con serenidad.
Una caída que borra el año
La caída por debajo de 90.000 dólares, tras el máximo de octubre, bastó para borrar las ganancias de 2025: un recordatorio de lo rápido que puede revertirse un año entero de subidas.
Las caídas fuertes tienen un efecto psicológico además de financiero. Después de un máximo histórico, muchos participantes se sienten tentados de comprar, y cuando el precio baja, la tentación se invierte y aparece el deseo de vender. Esa secuencia, repetida muchas veces, explica una parte de la volatilidad del mercado y suele perjudicar a quien actúa por emoción. Una regla sencilla es decidir las condiciones de entrada y de salida cuando el mercado está en calma y respetarlas después.
Volatilidad en ambos sentidos
La volatilidad es parte del activo, en ambas direcciones. Los mismos mecanismos que impulsan las subidas rápidas, como el entusiasmo y el apalancamiento, alimentan las caídas rápidas, y por eso cualquier decisión sobre este tipo de activos debería tomarse asumiendo que ambos escenarios son posibles.
Una forma de pensar el riesgo es preguntarse qué ocurriría con el patrimonio si el valor de esa posición se redujera a la mitad o menos. Si la respuesta es que los planes de vida se verían comprometidos, la posición es demasiado grande para la situación personal. No es una recomendación de comprar ni de vender, sino un criterio de proporción. Dicho criterio sirve también para cualquier otro activo de comportamiento muy irregular.
Para la minería
Para la minería, los ciclos de precio exigen operar con costes energéticos bajos y reservas suficientes para atravesar las caídas. Una actividad cuyos ingresos dependen del precio del activo necesita margen para los meses malos, una gestión prudente del endeudamiento y una planificación que no presuponga que el precio solo sube. La experiencia del sector muestra que quien sobrevive a los ciclos no es siempre el más grande, sino el mejor preparado.
En la práctica, esto significa conocer con precisión el coste de producir cada unidad, mantener una caja que permita cubrir los gastos fijos durante varios meses y evitar compromisos de financiación que dependan de un precio mínimo. También conviene tener claro a qué precio la operación deja de ser rentable y qué decisiones se tomarían en ese caso, antes de que se llegue a ese punto. Un análisis de sensibilidad, con varios precios hipotéticos, permite ver con claridad cuánto margen existe.
Los ciclos duros se superan con costes bajos y caja, no con optimismo.
Este artículo es información general. No es asesoramiento jurídico, fiscal ni de inversión, y no tiene en cuenta las circunstancias particulares de nadie.


