- El 3 de marzo, fuera de su calendario, la Reserva Federal recortó medio punto los tipos de interés para amortiguar el golpe del coronavirus.
- Era el primer recorte de emergencia en Estados Unidos desde 2008, y se leyó tanto como medida como señal de alarma.
- El dinero barato que vendría después cambiaría el cálculo de la deuda y del ahorro: conviene revisarlos con las condiciones nuevas.
El 3 de marzo de 2020, fuera de su calendario habitual, la Reserva Federal recortó medio punto los tipos de interés para amortiguar el golpe del coronavirus. Era el primer recorte de emergencia en Estados Unidos desde 2008 y, como se vería, sería solo el principio de una serie de medidas destinadas a sostener la economía y el crédito. Una reacción de ese tamaño, fuera de calendario, no es habitual y merece atención incluso para quien no opera en dólares.
Aunque la decisión se tomó en Washington, sus efectos no se quedaron allí. Los tipos de la mayor economía del mundo influyen en el coste del dinero, en el valor de las monedas y en las expectativas de los mercados de todo el planeta. Para empresas y familias europeas, un movimiento así era una señal de hacia dónde podía ir el entorno financiero.
Qué hizo la Fed
Un banco central reúne a su comité de política monetaria en fechas fijas y decide ahí los tipos de interés. Que actúe fuera de calendario es una señal de urgencia: se reserva para cuando la situación no admite esperar a la siguiente reunión. Era el primer recorte de emergencia en Estados Unidos desde 2008, el año de la crisis financiera.
El tipo de interés oficial es el precio al que el banco central presta dinero a los bancos, y de él cuelgan, con más o menos retraso, los tipos que pagan las empresas y las familias por sus préstamos y los que reciben por sus depósitos. Bajarlo es una forma de aliviar la presión financiera sobre toda la economía. Cuando los tipos bajan, el crédito se abarata y las empresas tienden a invertir más; cuando suben, ocurre lo contrario.
Alivio o señal de alarma
Los recortes de urgencia suelen leerse como señal de alarma más que de alivio. Bajar los tipos abarata el crédito y anima el gasto y la inversión, pero también indica que quien decide ve riesgos serios para la economía. El mensaje implícito pesa tanto como la medida en sí.
Por eso la reacción de los mercados a este tipo de decisiones no siempre es favorable. Una bajada puede interpretarse como una ayuda oportuna o como la confirmación de que la situación es peor de lo que se pensaba. Para quien gestiona un negocio o un patrimonio, lo útil es no quedarse en el titular y preguntarse qué cambia en sus propias condiciones de financiación. Un recorte aislado rara vez basta, y los mercados suelen preguntarse qué vendrá después.
El dinero barato
Para empresas y familias, el dinero barato que vendría después cambiaría el cálculo de la deuda y del ahorro durante dos años. Los tipos bajos facilitan financiarse y reducen el coste de las hipotecas y los préstamos, pero penalizan la rentabilidad de los depósitos y de los productos más conservadores. Cada situación pide su propio equilibrio. Quien tiene deudas se beneficia de que el crédito sea más barato; quien vive de sus ahorros ve cómo se reduce lo que estos le aportan.
Conviene revisar qué deudas tienen tipo variable y cuáles fijo, si resulta posible renegociar condiciones y qué sentido tiene mantener cierto ahorro en productos que apenas remuneran. No hay una respuesta única: depende de los plazos, de la tolerancia al riesgo y de las necesidades de cada cual, y es un buen tema para tratar con un asesor independiente. Lo importante es que la decisión se tome con los números actualizados y no por inercia.
Cuando cambia el precio del dinero, conviene repasar la deuda y el ahorro con las condiciones nuevas, no con las de ayer.
Este artículo es información general. No es asesoramiento jurídico, fiscal ni de inversión, y no tiene en cuenta las circunstancias particulares de nadie.


