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Boris Johnson, primer ministro

Por Pearson Specterlunes, 29 de julio de 20194 min de lectura

El nuevo jefe del Gobierno británico promete sacar al país de la UE el 31 de octubre, con o sin acuerdo.

El 24 de julio de 2019 Boris Johnson se convirtió en primer ministro británico con la promesa de sacar al país de la Unión Europea el 31 de octubre, con o sin acuerdo. Llegaba al cargo tras la dimisión de Theresa May y, con su llegada, el Gobierno del Reino Unido adoptaba un tono más tajante sobre el calendario del Brexit y sobre la posibilidad de una salida sin pacto con la Unión. La llegada de un primer ministro con una posición tan definida reducía la ambigüedad sobre el calendario, aunque aumentaba el riesgo de un desenlace brusco.

La promesa puso una fecha concreta en el horizonte de empresas y ciudadanos. Hasta entonces, la incertidumbre había girado en torno a aplazamientos sucesivos; a partir de ese momento, el debate pasaba a ser si la fecha se mantendría y en qué condiciones. Para quien tiene negocio o intereses entre el Reino Unido y la UE, la diferencia no es menor: una fecha firme obliga a decidir cuánto trabajo de preparación conviene hacer ya.

Una promesa con fecha

El nuevo primer ministro fijó un calendario claro: el 31 de octubre. Un compromiso con fecha ayuda a planificar, pero también aumenta la presión sobre las negociaciones y reduce el margen para aplazamientos. Cuando una promesa política se formula en términos tan precisos, cabe esperar que genere reacciones en el Parlamento, en la UE y en el entorno empresarial.

La expresión «con o sin acuerdo» dejaba abierta la posibilidad de una salida sin pacto con la Unión Europea, un escenario que había preocupado a empresas y gobiernos por su potencial de generar fricciones de golpe en comercio, aduanas y servicios. Sin un acuerdo, el paso de un marco integrado a otro sin reglas específicas puede ser muy abrupto para quien opera entre ambos lados. Cuanto más corto es el plazo, menos margen hay para ajustar contratos, inventarios y rutas logísticas, y más importante resulta haber empezado a hacerlo antes.

Cómo afecta a las empresas

Con la fecha en el horizonte, las compañías con operaciones entre el Reino Unido y la UE tenían que pensar en el peor escenario: costes aduaneros, cambios de normativa de producto, tipos de cambio y retrasos logísticos. Cada uno de esos factores puede afectar a precios, plazos de entrega y márgenes, y su suma puede ser mayor que la de cada parte por separado.

No era seguro que ocurriera, pero ya no cabía tratarlo como una hipótesis lejana. Cuando un escenario adverso tiene fecha, deja de ser teórico y se convierte en algo para lo que hay que prepararse, aunque sea con la esperanza de no necesitarlo. La experiencia de los últimos meses recomendaba, además, no confiar en que todo se resolviera en el último momento. Esa visión de conjunto permite decidir con más serenidad cuáles son las medidas imprescindibles y cuáles pueden esperar.

Preparar el escenario duro

Prepararse para una salida sin acuerdo implica revisar contratos, hablar con clientes y proveedores clave, valorar el uso de coberturas de divisa y pensar en la tesorería necesaria. Se trata de saber qué clientes dependen de entregas puntuales, qué proveedores están en el Reino Unido y qué ocurriría con los pagos si el tipo de cambio se moviera con fuerza.

Si luego no hace falta, el esfuerzo habrá servido para ordenar el negocio; si hace falta, habrá evitado improvisar. En ambos casos, la empresa conocerá mejor su exposición y estará en mejor posición para decidir. Un asesor puede ayudar a establecer prioridades, definir qué medidas son proporcionadas al peso de la relación con el Reino Unido y calendarizar su ejecución con margen.

Prepararse para lo peor no es pesimismo, es gestión.

Este artículo es información general. No es asesoramiento jurídico, fiscal ni de inversión, y no tiene en cuenta las circunstancias particulares de nadie.

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