El 7 de mayo Emmanuel Macron ganó las presidenciales francesas con un programa europeísta y de reformas económicas que ahora debía hacerse realidad.

El 7 de mayo de 2017 Emmanuel Macron ganó las elecciones presidenciales francesas con un programa europeísta y de reformas económicas. Su victoria cerraba un ciclo electoral que había mantenido en vilo a los mercados y a las capitales europeas durante semanas, y abría otro, el de las propuestas concretas: qué reformas se plantearían, en qué orden y con qué apoyo parlamentario. Para las empresas, ese segundo capítulo es el que de verdad importa, porque es donde se decide qué cambia en su día a día.
Para muchos observadores, el resultado era una buena noticia desde el punto de vista de la estabilidad europea, porque confirmaba la continuidad de Francia en el proyecto común. Pero el tono de las reacciones fue más sobrio que eufórico. Una elección da un mandato, no una garantía de éxito, y el trabajo de transformar un programa en leyes aplicables apenas comenzaba. Los programas ambiciosos suelen encontrar resistencias, y su alcance real solo se conoce con el tiempo.
Qué representa el resultado
Francia es la segunda mayor economía de la zona euro y uno de los pilares de la construcción europea. La victoria de un candidato favorable a profundizar en esa integración fue recibida con alivio en muchos círculos empresariales y financieros. Sin embargo, el alivio político no equivale a una mejora automática de la situación económica: el crecimiento depende de muchos otros factores.
Además, el resultado señalaba una determinada orientación, pero no despejaba los debates de fondo sobre el futuro de Europa, que seguirían abiertos. Las empresas que trabajan con Francia o dentro de la zona euro pueden interpretar la elección como una reducción de riesgos, siempre que no confundan la reducción de un riesgo político concreto con la desaparición de la incertidumbre económica general. Conviene evitar la tentación de leer el resultado como una garantía de crecimiento.
Las reformas, a prueba
Un programa de reformas económicas no se convierte en realidad por ganar unas elecciones: necesita mayoría parlamentaria, negociación y tiempo. Las empresas francesas y las que comercian con Francia deberán esperar a ver qué medidas se concretan y con qué calendario. En política, la distancia entre lo prometido y lo aprobado puede ser larga, y a veces las propuestas cambian por el camino.
También hay que tener en cuenta que cada reforma tiene ganadores y perdedores, y que quienes se ven afectados suelen reaccionar. La fiscalidad, el mercado laboral o el gasto público son terrenos sensibles, en los que los cambios se discuten con intensidad. Ese proceso, que forma parte del funcionamiento normal de una democracia, introduce plazos y matices que conviene seguir con paciencia. La paciencia, en este caso, es una forma de rigor: decidir cuando las medidas estén claras, no cuando se anuncian.
Un buen resultado político reduce un riesgo; nunca elimina la necesidad de planificar.
Este artículo es información general. No es asesoramiento jurídico, fiscal ni de inversión, y no tiene en cuenta las circunstancias particulares de nadie.


