El 14 de agosto se publicó una inflación estadounidense del 2,9 % en julio, la primera lectura por debajo del 3 % desde marzo de 2021. Qué significa para familias y empresas.
El 14 de agosto de 2024 se publicó que la inflación estadounidense se había situado en el 2,9 % en julio. Era la primera lectura por debajo del 3 % desde marzo de 2021, tras más de tres años en los que los precios habían subido con fuerza. Para muchos analistas, la cifra confirmaba que el periodo más difícil de la lucha contra la inflación quedaba atrás.
La noticia interesa a una economía como la española porque Estados Unidos es la mayor del mundo y su banco central marca, en buena medida, el tono de la política monetaria global. Lo que ocurra con los precios allí influye en los tipos de interés, en el dólar y en el humor de los mercados, y todo ello acaba teniendo reflejo en los costes de financiación y en el valor de los activos de empresas y familias europeas.
Qué dijo el dato
Para interpretar esa cifra conviene saber qué se está midiendo exactamente. La inflación mide cuánto aumentan los precios de una cesta de bienes y servicios en comparación con el mismo mes del año anterior; una tasa del 2,9 % significa que, de media, los precios eran un 2,9 % superiores a los de doce meses antes.
Aunque el porcentaje parezca pequeño, el efecto acumulado de más de tres años de subidas intensas es considerable. El poder adquisitivo de los salarios y de los ahorros se vio erosionado, y muchas familias tuvieron que reajustar sus presupuestos. Por eso un dato que baja del 3 % tiene un significado más simbólico que práctico, pero marca un punto de inflexión en la percepción de lo que viene. Quien tuvo que pagar más por la compra, la energía o los alquileres durante esos años sabe que una cifra baja no deshace el recorrido anterior.
Hacia la normalización
La normalización estaba cerca. Cuando la inflación se acerca al objetivo de los bancos centrales, estos tienen menos motivos para mantener los tipos altos, y los mercados lo descuentan por anticipado. Los tipos elevados se justifican mientras la inflación sigue por encima de lo deseable, porque encarecen el crédito y enfrían la demanda; cuando el problema se atenúa, el precio de ese remedio se vuelve más difícil de defender.
Esto explica por qué los mercados se mueven antes que los bancos centrales: los inversores no esperan a que se anuncie una bajada para ajustar sus precios, sino que la anticipan a partir de los datos. Para quien tiene una hipoteca variable, un préstamo o una refinanciación próxima, ese ajuste anticipado puede influir en las ofertas que recibe, aunque la decisión oficial aún no se haya tomado. Pedir una oferta de refinanciación en ese contexto permite comparar condiciones con información actualizada.
Un nuevo reto
El reto pasaba de controlar los precios a evitar que la economía se enfriara demasiado. Un exceso de prudencia monetaria puede frenar el crecimiento y el empleo, y los bancos centrales intentan equilibrar ambos riesgos. Para familias y empresas, un entorno de precios más calmados facilita presupuestar, aunque no devuelve de golpe el nivel de precios anterior.
Conviene, por tanto, evitar lecturas triunfalistas. Un menor ritmo de subida no equivale a que las cosas vuelvan a costar lo de antes; los precios acumulados siguen siendo más altos. Lo razonable es actualizar los presupuestos y los contratos con el nivel de precios actual, y no con el de hace años, y revisar los salarios, las tarifas y los márgenes con ese criterio. En los contratos que se revisan con índices de precios, conviene comprobar qué referencia se aplica y con qué periodicidad.
Que la inflación baje no significa que los precios bajen.
Este artículo es información general. No es asesoramiento jurídico, fiscal ni de inversión, y no tiene en cuenta las circunstancias particulares de nadie.



