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Tregua en el G20

Por Pearson Specterjueves, 6 de diciembre de 20184 min de lectura

Trump y Xi acuerdan en Buenos Aires una pausa de 90 días en la guerra comercial.

Foto: G20 Argentina · Wikimedia Commons · CC BY 2.0 (recortada)

El 1 de diciembre de 2018, en la cumbre del G20 de Buenos Aires, Donald Trump y Xi Jinping acordaron una tregua de 90 días en la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Era la primera señal clara de distensión tras meses de escalada, y los mercados la recibieron con alivio, aunque sin olvidar que el conflicto de fondo seguía abierto. Los noventa días ofrecían tiempo para negociar, no la garantía de que las diferencias se resolvieran.

Para las empresas, la noticia ofrecía una ventana de tiempo. Durante noventa días no se añadirían nuevas tensiones arancelarias, y las dos partes se comprometían a negociar. Pero una pausa no equivale a una solución, y por eso conviene verla como una oportunidad de preparación más que como una garantía de calma. Lo que se haga con ese margen puede marcar la diferencia si las negociaciones fracasan. Cuanto mejor se conozca la propia exposición, más fácil será actuar con rapidez y sin dramatismos.

Una pausa con fecha

La tregua de 90 días suspendía la escalada y abría un periodo para negociar. Los aranceles ya aplicados no desaparecían, pero la amenaza de elevar los tipos quedaba en suspenso durante ese plazo, lo que ofrecía algo de alivio a las empresas. Para la planificación a corto plazo, ese respiro tiene un valor real.

Ese alivio es parcial pero real. Quienes compraban productos afectados por la amenaza de subir los aranceles al nivel más alto sabían, al menos, que no tendrían que pagar ese sobrecoste de inmediato. Podían tomar decisiones de pedidos, precios y contratos con algo más de visibilidad. Y quienes planificaban inversiones en cadenas expuestas ganaban algo de tiempo para evaluarlas con menos presión. Pero esa visibilidad dura lo que dure la tregua, y por eso no conviene convertirla en una base permanente de planificación.

Por qué no es una solución

Una tregua no es un acuerdo: si en el plazo previsto no hay entendimiento, el conflicto puede volver a agravarse. Ese riesgo debe estar presente en cualquier decisión que dependa de que las condiciones sean estables. Las empresas, por tanto, no disponían todavía de certezas para tomar decisiones de inversión o de abastecimiento a largo plazo.

Decidir una inversión importante, abrir una nueva línea de producción o firmar un contrato de suministro plurianual exige confianza en que las condiciones se mantendrán razonablemente estables. Con una fecha de caducidad a la vista, esa confianza es limitada. Por eso muchas empresas optaron por posponer decisiones irreversibles y mantener la flexibilidad, una actitud prudente mientras no se despeje el panorama. La flexibilidad tiene un coste, como el de aplazar proyectos, pero suele ser inferior al de comprometerse con una decisión que luego resulte inadecuada.

Cómo aprovechar el margen

Los noventa días son una ventana para revisar la exposición al conflicto: qué productos están afectados, qué proveedores o clientes dependen de los mercados implicados y qué alternativas existen. Hacerlo ahora, con calma, permite decidir sin la presión de una nueva escalada.

Un ejercicio útil es preparar dos o tres escenarios para el momento en que termine la tregua: un acuerdo, una prórroga o una vuelta a la escalada. Para cada uno, se estima el efecto sobre costes, ventas y financiación, y se define qué decisiones se tomarían. Quien lo tiene preparado actúa con orden cuando llega la fecha, mientras que quien no lo ha hecho se ve obligado a improvisar bajo la presión de los acontecimientos. Y compartir los escenarios con el asesor financiero y con el banco facilita contar con la financiación adecuada en cada caso.

Una tregua es un buen momento para preparar, no para relajarse.

Este artículo es información general. No es asesoramiento jurídico, fiscal ni de inversión, y no tiene en cuenta las circunstancias particulares de nadie.

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